El Significado de Aristocracia para el Frente Anti-Burgués

Existen dos formas de ser anti-burgués, y estas no son sólo
diferentes, sino incluso antitéticas la una de la otra.
Traducido al inglés por John Bruce Leonard
Traducido al castellano por Alejandro Vásquez Aguilar
El siguiente texto es parte de un ensayo publicado por Julius
Evola en la edición de Junio de 1940 de La
Vita Italiana, XXVIII, 327. El ensayo es interesante tanto como una
extensión de las recientes discusiones en el Arktos Journal, así como una
crítica a la sociedad burguesa y una correspondiente aclaración del significado
del principio aristocrático.
Aquellas consecuencias en
las que la reciente y bien conocida polémica anti-burguesa, en sus aspectos más
serios, nos ha conducido, puede ser más o menos resumida en lo siguiente. La
civilización y el espíritu burgués, siendo incompatibles con el fascismo, deben
ser superados. Existen, sin embargo, dos maneras de ser anti-burgués, de desear
el fin de la burguesía, y no son sólo diferentes sino también antitéticos el
uno del otro. En el primero, la burguesía, junto con todos sus derivados –
ética burguesa, cultura burguesa, plutocracia, capitalismo, etc. – deben dar
pie al régimen popular de las masas: la era “social” o “colectivista” debe ser
afirmada por sobre y más allá de la burguesía. Desde el otro punto de vista, la
verdadera superación de las mentiras burguesas yace en cambio en la
aristocracia. La nueva época aristocrática debe ser afirmada, más allá de la
decadente sociedad burguesa de la Civilización Occidental.
Es difícilmente necesario
notar aquí que esta segunda concepción es aceptable desde el punto de vista
fascista y que sólo en esta manera el fascismo puede ser anti-burgués, sin
dejar de ser el irreconciliable enemigo del comunismo y del marxismo –
movimientos que también esgrimen actitudes anti-burguesas, pero naturalmente en
el primer sentido que mencionamos antes. No es este el lugar para insistir en
la polémica que hemos traído ya varias veces en contra de ciertos entornos que,
bajo la marca de ser anti-burgueses, tratan de introducir aberrantes,
falsificadas y “socializantes” interpretaciones de la Revolución (1).
Los Sustitutos Burgueses de la Aristocracia
Nosotros así, ya hemos
tenido ocasión de indicar que no hay duda que se ha hecho una movida en falso
en el momento en que uno recoge el término “aristocracia del pensamiento”. El culto supersticioso del “pensamiento” es,
en realidad, una de las características de la civilización burguesa, que
inventó este culto y lo propagó por obvias razones polémicas. Contra la
aristocracia de la sangre y la aristocracia del espíritu, y así como para
despojar estas de su autoridad, la civilización burguesa, consolidada a través
del advenimiento del Tercer Estado, afirmó el derecho de la “verdadera”
aristocracia, que supuestamente era la aristocracia del “pensamiento”. Ahora,
el anti-intelectualismo y el virilismo, característica de las nuevas corrientes
renovadas y del fascismo, satisfactoriamente llevan este mito burgués al
límite. ¿Qué es esta “aristocracia del pensamiento”? Puede ser reducida en
mayor parte a los famosos “intelectuales”, los creadores de las teorías
filosóficas, a los poetas y los literarios, es decir, aquellos a quienes Platón
quiso exiliar de su Estado – un Estado que no era en lo más mínimo, como es
vulgarmente creído, un modelo utópico, sino que reflejaba lo que
tradicionalmente siempre fue sostenido como normal en los asuntos de la política
ordinaria. Ahora, para percibir la total absurdidad y el anacronismo de esta
perspectiva, es suficiente hablar en voz alta la idea de que una élite de
“intelectuales” y pensadores deba mantenerse en el poder, aunque ellos fuesen
tal vez, en cuanto a carácter, cobardes y poco más que pequeños burgueses.
Como los humos de la
progresiva y científica Ilustración han empezado a aclararse, nosotros no
podemos concebir la “aristocracia del pensamiento” ni si quiera en términos de
científicos, inventores, y técnicos. Todos estos son sin duda elementos útiles
para la sociedad moderna, y fue algo excelente darles los medios, con el nuevo
orden corporativo que tomó el lugar del precedente orden demo-parlamentario,
para actuar más eficazmente en la estructura del Nuevo Estado. Pero es también
evidente que uno no puede reconocer incluso a esta “aristocracia” la
calificación propia de una clase dominante, la creadora de una nueva
civilización más allá de la burguesía. Es mucho más apropiado para el marxismo
y bolchevismo que para nuestra Revolución el pensar que una élite de técnicos,
buscando resolver problemas puramente materiales, sociales y económicos, conducirá
a la humanidad colectivizada, sobre la que ellos ejercen control, hacia un
nuevo Paraíso, en tal medida que ellos pueden demandar cualquier
reconocimiento.
Habiendo establecido estos
términos de la inconsistencia de la fórmula de la “aristocracia del
pensamiento”, queda para nosotros examinar otra idea, que se refiere a una
noción generalmente autoritaria y dictatorial. Ya el hecho de que exista tal
término como la “dictadura del proletariado” demuestra la necesidad de aclarar
los significados de “dictadura” y “autoritarismo”. Es uno de los méritos de
Pareto (2) que él demostrase la inevitabilidad del fenómeno del elitismo, que
sea dicho de una minoría gobernante. Pero con esto aún estamos lejos de poder
hablar correctamente de “aristocracia”. ¿Acaso Pareto mismo no ha considerado
el caso en donde esta élite pudiese ser constituida precisamente por la
burguesía?
Pero nosotros deseamos por
sobre todo traer algo más a colación; es decir, la relación entre la
aristocracia y la idea totalitaria-autoritaria. Si uno busca con precisión
sobrepasar ambos la burguesía y el colectivismo, uno debe tener las ideas muy
claras respecto al alcance, el sentido, los límites y las posibilidades para el
desarrollo de la idea totalitaria-autoritaria, específicamente en relación con
la idea aristocrática. ¿Hasta qué punto puede la fórmula gente-líder, que trae
el liberalismo y su irresponsable régimen democrático-burguesa a su fin, servir
como piedra angular de un nuevo edificio? ¿Hasta qué punto puede resolver exhaustivamente
el problema con el que nosotros empezamos?
La Doble Cara del Totalitarismo
Es aquí cuando encontramos
lo que pareciera ser terreno delicado para aquellos quienes no poseen los
principios adecuados; nosotros debemos entrar en el campo de la relación entre
la idea autoritaria y el absolutismo, entre la unidad dirigente de un Estado
orgánico y un tribunal del pueblo. Nosotros ya hemos mencionado este argumento
en un artículo previo, donde hablamos del verdadero significado de las acciones
tomadas por Felipe el Hermoso de Francia (3).
Tomemos la idea
fundamental una vez más diciendo que este fenómeno del totalitarismo y la
concentración estatal tiene varios significados, en efecto significados contrarios
de acuerdo con el tipo de régimen que lo preceda.
Supongamos, como un
ejemplo inicial, el caso en que el régimen pre-existente en cuestión es uno de
una sociedad bien articulada, con los estratos sociales e incluso las castas
que son más claras y distintas, no artificialmente, sino por vocación nacional
– no cerradas o conflictivas, sino como agentes, actuando en un concierto
ordenado dentro de una jerarquía completa; supongamos más aún que la
diferenciación y el anti-colectivismo de esta sociedad son también expresados a
través de cierta división de poderes y de soberanía, con una cierta autonomía
de funciones y de particulares derechos, sobre los que reina la autoridad
central, reforzados en vez de disminuidos en su soberanía espiritual por esta
descentralización parcial precisamente, tal estado de las cosas puede ser visto
p.ej. en los aspectos positivos del régimen feudal. Ahora es evidente que, si
en tal sociedad el centralismo y el totalitarismo fueron afirmados, esto
significaría una destrucción y una desarticulación, la regresión de lo orgánico
hacia lo amorfo. Concentrar todos los poderes en el centro es una moda
absolutista, en todo caso, algo como los esfuerzos de un hombre que desea
referir directamente a su cerebro toda función y actividad del cuerpo, y quien
de esta manera alcanza la condición de eso organismos inferiores que están
constituidos sólo por una cabeza y un inarticulado e indiferenciado cuerpo.
Esta es precisamente la
situación en el absolutismo anti-aristocrático y nivelado, que fue
metódicamente buscado, bajo el ímpeto de una variedad de circunstancias, sobre
todo por los Reyes de Francia siguiendo a Felipe el Hermoso. Y Guénon ha
observado correctamente que esto no fue un accidente y que precisamente primero
Francia experimente la revolución Jacobina, con el advenimiento del Tercer
Estado. En efecto, aquellos Reyes absolutistas, enemigos de la aristocracia
feudal, literalmente cavaron sus propias tumbas. Al centralizar, al disolver y
al desmembrar (4) el Estado, substituyendo una superestructura
burocrático-estatal por formas directas de autoridad, de responsabilidad y de
parcial soberanía personal – al hacer todo esto, los enemigos de la
aristocracia crearon un vacío alrededor de ellos mismos, porque su vanidosa
aristocracia judicial no podría significar nada por más tiempo, y la
aristocracia militar fue para entonces privada de cualquier conexión directa
con el país. La diferenciada estructura que actuó como medio para la nación
como masa fue destruida, desarraigada de lo soberano y su soberanía. De un
golpe, la revolución fácilmente abolió aquella superestructura y puso el poder
en las manos de la pura masa. El
absolutismo aristocrático por tanto abre el camino a la demagogia y el
colectivismo. Más allá de tener el carácter de verdadero dominio, este
encuentra su equivalente sólo en las antiguas tiranías populares y los
tribunales plebeyos, los cuales por igual son formas colectivistas.
Las cosas se mantienen bien, aunque el antecedente del proceso de concentración autoritaria no es feudal ni de una sociedad orgánica, sino de una sociedad “moderna”, es decir, una sociedad en disolución. Este es el estado de las cosas en nuestra sociedad. Liberalismo, democracia, igualitarismo, e internacionalismo han reducido la nación a la condición de masas mercuriales quienes estuvieron al borde de dispersase en toda dirección, y de hundirse al punto de la total genuflexión representada por el socialismo y por el comunismo. Ante tal estado de las cosas, la primera y más urgente tarea fue obviamente la creación de un bastión, un freno, con todos los significados disponibles, para poder neutralizar la tendencia hacia lo centrífugo a través de una fuerza política centrípeta. Y precisamente este es el sentido y el valor positivo del proceso fascista totalitarizante. Tras haber logrado esta primera tarea, la siguiente, que inmediatamente se presenta a sí misma, es articular la nación nuevamente, traer de vuelta la nación a sí misma, unificarla bajo las señales de varios mitos y símbolos y protegerla contra toda fuerza desintegradora y dispersiva; esta es una tarea de protegerla de toda forma de colectivismo y dando vida a muy claras unidades conectadas jerárquicamente, procesando su propia persona. Sólo en esta forma puede tener una estructura, una realidad orgánica, capaz de persistir en el tiempo y armada con su propia fuerza conservadora – una fuerza que no puede estar presente en ninguna sustancia colectiva y sin forma, de tal forma se mantiene junta sólo por un estado mental dado y por las estructuras generales del Estado. Sólo entonces la Revolución habrá generado un nuevo ser completamente formado.
En la Tradición, el significado de aristocracia poco tiene
que ver con la noción moderna.
Prestigio y “Raza”
En este punto, puede ser
visto que con nuestras últimas consideraciones nosotros sólo hemos dejado
aparentemente atrás a nuestro sujeto inicial – se puede decir que, el problema
de la significancia de la aristocracia. Por supuesto, es evidente que uno no
puede contemplar una nueva sociedad orgánica y Tradicional articulada al Estado
sin sentar ante uno mismo el problema de las personas, en un sentido aún mayor
que el implicado por el convencional término, o por los gustos de la “clase
dirigente” del decimonoveno siglo. Y esta idea crece más claramente aún si sólo
uno tiene en mente que no estamos hablando sólo de funciones y actividades
“políticas” que están más o menos conectadas al cuerpo administrativo o
legislativo del Estado. Nosotros en cambio hablamos del problema de una forma personal de autoridad, que
promulga desde el hombre en vez de desde su oficio: nosotros estamos hablando
de un prestigio y un ejemplo que, siendo común a una clase específica, cuyas
necesidades forman una atmósfera, cristalizarlas en un más elevado estilo de
vida, y así efectivamente dándole la “tonalidad” a una nueva sociedad. Nosotros
estamos hablando de casi una Orden,
no en el sentido religioso, sino en el sentido guerrero ascético, y
naturalmente con referencia a lo que esto podría representar en el mundo, como
en la Edad Media Gibelina. En efecto, nosotros tenemos en cuenta hasta las más
antiguas sociedades Arias e Indo-Arias, en donde es sabido que la élite no era en
ninguna forma organizada materialmente, ni obtuvo su autoridad al representar
algún poder tangible, pero aun así mantuvo sólidamente su posición y dio el
tono a la sociedad correspondiente.
Ahora, parece lo
suficientemente claro que es precisamente en estos términos que ninguna
“aristocracia” debe ser concebida, que a su vez es invocado en contra del tipo
de sociedad y civilización “burguesa”. Esto no concierne a la “aristocracia del
pensamiento”, ni a las veleidades de los “intelectuales”, ni a los pequeños
“tribunales” populares, que están dirigidas a manipular y fascinar a las masas
con expedientes dictados al momento: nosotros hablamos en cambio de una
“aristocracia” que innegablemente tiene muchos rasgos en común con la nobleza
gentil, con el patriciado tradicional, y, nosotros casi queremos decir, como la
antigua aristocracia feudal y sacro-guerrera de las sociedades Arias. En este
sentido un nuevo problema emerge: aquel de examinar los elementos válidos del “estilo” dentro de esta aristocracia superior,
así como determinar cómo evaluar a aquellos que, acorde con su heráldica, son
“nobles” – dado que la nobleza aún exista en Italia, y en efecto el fascismo se
ha acorralado a sí mismo con la protección y el control de sus títulos, y
elevando a nuevas personas a la dignidad de este.
Tradicionalmente, dos
cosas por sobre todo destacan en la nobleza: el valor reconocido a la sangre y
la subordinación de la persona a su linaje dado y origen. Individualistamente o
“humanísticamente”, el ser humano singular no tiene valor aquí; él vale algo en
relación a su sangre, a sus orígenes y a su familia, cuyo nombre, honor y fe
debe exaltar. De la misma manera, se le da relevancia a su herencia y a su
origen, al punto de excluir cualquier entremezclas contaminante. Las relaciones
entre esta actitud y el racismo son claramente evidentes.
Por miles de años el
racismo ha estado activo en la nobleza gentil de cada pueblo, y aún en su forma
superior, en la medida en que este ha mantenido su adherencia a la idea de
tradición y ha evitado materializarse en la forma de un tipo de zoología. Antes
de que el concepto de raza fuera generalizado, como ha sido hecho en tiempos
actuales, tener raza siempre fue
sinónimo de aristocracia. Las cualidades de la raza siempre significaron las
cualidades de la élite, y se refería no a regalos de los genios, de cultura o
de intelecto, sino esencialmente al carácter y al estilo de vida. Estos se
postraban en oposición a la calidad del hombre común porque ellas aparecían, en
gran medida, innatamente: o uno tiene las cualidades de la raza o no las tiene.
Estas no pueden ser creadas, construidas, improvisadas o aprendidas. El
aristócrata, en este sentido, es precisamente lo contrario del parvenu, el recién llegado, el “hombre
hecho por sí mismo”, que se ha convertido en lo que no era. Para el burgués ideal de “cultura” y de “progreso” es
opuesto al ideal aristocrático, que es conservador de la tradición y de la
sangre. Este es un punto fundamental, y es la singular y verdadera superación
de todos los sustitutos burgueses y protestantes de la aristocracia.
Desde este punto de vista del racismo patricio, no sólo las cualidades físicas sino también los elementos espirituales son transmitidos hereditariamente – una sensibilidad moral especial, una visión de la vida, una instintiva facultad de discriminación. Todo esto es de fundamental importancia para las nuevas tareas también. Aquí estamos hablando de dones específicos que, en el último análisis, derivan de factores supra-biológicos del carácter, factores que están fatalmente dispersados en las masas. Un típico raso aristocrático es la facultad de reaccionar desde motivaciones espirituales, y hacer ello de forma instintiva, directa y orgánica como el hombre común es capaz de hacerlo solo que con respecto a lo que toca estrechamente su vida animal o pasional. Más aún – y esto es importante – en una auténtica aristocracia el significado de “espiritualidad” siempre ha tenido poco que ver con la noción moderna: hay aquí este sentido de soberanía, hay desprecio por las cosas profanas, comunes, cosas a la venta – cosas como las que nacen de la habilidad, del ingenio, de la erudición e incluso del genio – un desprecio tal que no es tan lejano al profesado por el propio asceta.
Desde este punto de vista del racismo patricio, no sólo las cualidades físicas sino también los elementos espirituales son transmitidos hereditariamente – una sensibilidad moral especial, una visión de la vida, una instintiva facultad de discriminación. Todo esto es de fundamental importancia para las nuevas tareas también. Aquí estamos hablando de dones específicos que, en el último análisis, derivan de factores supra-biológicos del carácter, factores que están fatalmente dispersados en las masas. Un típico raso aristocrático es la facultad de reaccionar desde motivaciones espirituales, y hacer ello de forma instintiva, directa y orgánica como el hombre común es capaz de hacerlo solo que con respecto a lo que toca estrechamente su vida animal o pasional. Más aún – y esto es importante – en una auténtica aristocracia el significado de “espiritualidad” siempre ha tenido poco que ver con la noción moderna: hay aquí este sentido de soberanía, hay desprecio por las cosas profanas, comunes, cosas a la venta – cosas como las que nacen de la habilidad, del ingenio, de la erudición e incluso del genio – un desprecio tal que no es tan lejano al profesado por el propio asceta.
En efecto, nosotros
estamos tentados a expresar el secreto de verdaderos dones nobles en esta
fórmula: una superioridad con respecto a
la vida que se ha convertido en natural, una vida de pedigrí. Esta
superioridad, que tiene al respecto algo del asceta, no crea la antítesis
dentro del mismo ser de tipo aristocrático; como una segunda naturaleza, esta
se mantiene sobre la inferior parte humana de su ser y calmadamente la
impregna; se traduce en dignidad imperiosa, fortaleza, una “línea”, un calmado
y controlado porte del alma, de la palabra, del gesto. Da lugar a un elevado
tipo de humano. Al guiar la teoría actual de la raza hacia sus consecuencias
lógicas; completándola con la consideración de esos valores viriles y
ascéticos, que juegan un rol tan grande en el fascismo; al reconocer la
fundamental desigualdad de los seres, que no está restringida a las razas, pero
también concierne a los individuos de una misma raza; confrontando por lo tanto
las tareas selectivas y protectoras que se derivan de las mismas – al hacer
todo esto, uno no puede evitar ser llevado de regreso, tarde o temprano, a este
ideal humano de la tradición aristocrática. Pero aquí se plantea el gran
problema, de los caminos y la base para su realización práctica en estos
asuntos.
¿Qué podría provocar un
renacimiento de la aristocracia?
La Tarea Práctica
Si la herencia es una
condición y las tradiciones no pueden ser inventadas, sería lógico buscar los
linajes aristocráticos existentes al menos en parte de estos elementos
necesarios para el trabajo del que hemos hablado anteriormente; de este modo,
la lucha contra la burguesía podría llegar a su fin. Desafortunadamente, hay
varias dificultades respecto a esta solución en Italia. La principal de estas
se encuentra de hecho con que la nobleza de Italia fue sólo mínimamente una nobleza feudal. Ahora, la relación entre título y poder es la
inescapable condición de cualquier verdadera aristocracia. Es necesario tener
tierras, sobre las cuales uno puede ejercer una especie de soberanía parcial,
poniendo a prueba las capacidades de prestigio, de responsabilidad, de
organización y de justicia de uno mismo; la tierra es requerida para amar, para
proteger y para transmitir, así como la tradición misma del nombre y de la
sangre; dicha tierra es la base material para el decoro y la independencia de
una familia. Esta ha sido la situación actual, aunque poco en Italia.
Demasiados títulos de nobleza han sido dados en el pasado, alegremente por las
casas gobernantes, como simples ornamentos e instrumentos de vanidad mundana, o
incluso como signos de corrupción; para quien tenga un título, pero no poder o
dinero, y para quien es absorbido por la feria de salones y cortes, está
siempre expuesto a la tentación de procurarse de todo recurso y medio para
mantener un artificial y convencional estilo de vida. Y es comúnmente sabido
hasta qué punto esto ha facilitado las maniobras de infiltración judía. Del
mismo modo, no ha habido forma de emplear sistemáticamente un linaje noble
específico en el rol de una verdadera clase política en Italia, colocar
constantemente y postrar frente al noble las funciones y tareas claras que le
son naturales, en las que pueda probar sus capacidades reales e impedir el
estancamiento, la depresión o la decadencia de las cuales la sangre y tradición
han sido brindadas al individuo. Y varias otras circunstancias más allá de estas
han traído consigo que las presentes condiciones de la aristocracia, incluso la
aristocracia italiana, sean algo menos que ideales.
Que nadie en este punto
mencione las excepciones. Nosotros no estamos hablando de las excepciones;
incluso a una cierta parte de la burguesía podría hacer valer sus excepciones.
Nosotros estamos hablando más bien de una élite homogénea, que atestigua de
manera inequívoca el espíritu y el nivel de una civilización y una sociedad, al
representar la tradición en el más altivo y más espiritual sentido de la
palabra. Ahora, sería apresurado señalar cualquier cosa que incluso se acerque
remotamente a esto dentro de los salones y los círculos de nuestra tan llamada
“alta sociedad”, un entorno en el que se reúne todo tipo de criaturas, todo
tipo de “buen nombre”, pero, al mismo tiempo, también el esnobismo,
internacionalismo y las frivolidades de todo tipo. Hay que llamar a las cosas
por su nombre: si hay una real antítesis de la verdadera nobleza, está
constituida precisamente por esta “mundialista” y profana aristocracia, hecha a
su modo por matronas pintadas y semi-vírgenes apurándose en ir de una fiesta
del té hacia la siguiente; está poblada por jugadores de bridge e impecables
ejecutores de las más exóticas y ridículas danzas – una verdadera feria de la
vanidad de toda superficialidad dorada y cosmopolita para esconder su vacuidad
intelectual y su escepticismo espiritual – aun cuando abre sus puertas e invita
a sus almuerzos y sus fiestas de cocteles al “brillante” literato, el novelista
de momento, el crítico laureado, el pontificador periodístico. ¿Dónde está esa
dureza?, ¿dónde está esa ascesis de poder?, ¿dónde está ese desprecio por la
vanidad propia de la aristocracia, cuando era realmente una casta dominante?
¿Qué ha sido de ese antiguo título ario de los aristócratas, ‘enemigos del
oro’? La endogamia de la nobleza espiritual con chicas estadounidenses, tan
ricas como estúpidas y presuntuosas, y también con la plutocracia judía, es un
hecho bien documentado y, si bien afortunadamente no ha alcanzado entre
nosotros las dimensiones que ha alcanzado en otras naciones, aún, incluso entre
nosotros, cuántos hoy no son capaces de no confundir la superioridad con
afluencia y de recibir en el parvenu
a quien ha aprendido las modas de esta camarilla y que, por medio de las
conexiones correctas e incluso de artimañas femeninas, se ha introducido en la
“alta sociedad”? Y si en ciertos círculos de la supuesta ‘nobleza negra’ (5) o
similar, mundialista, cosmopolita y modernista la inescrupulosidad no ha
conquistado aún un cierto tradicionalismo, todavía, en este tradicionalismo,
¿qué realmente subsiste de la intransigencia heroica y ascética – todo lo que
no tiene nada que ver con el conformismo conservador, con el prejuicio, con el
moralismo? Este problema de una nueva aristocracia anti-intelectualista,
ascética y heroica, casi feudal o barbárica en su dureza y en su resignación a
atenuar sus formas – una aristocracia que no sea improvisada, sino que se
legitime a sí misma con una tradición y con una ‘raza’ – es fundamental. Sólo
mediante esta puede la civilización burguesa ser superada, no con artículos
periodísticos, sino con hechos; por medio de este mismo podemos llegar a la
articulación cualitativa del Estado más allá del totalitarismo, como ha sido
discutido. Pero este problema es fundamental en cada detalle, así como es arduo
de resolver. ¿Hasta qué punto podemos buscar un re-despertar y una
reintegración de esas cualidades que se han convertido en latentes o
degeneradas en esta nobleza sobreviviente? ¿Hasta qué punto será necesario en
vez de “empezar de nuevo”, forzarnos a nosotros mismos a crear los gérmenes de
una nueva nobleza – una no definida por los méritos individuales o las
habilidades del tipo burgués y secular, sino por una superior formación de
vida, que sea celosamente transmitida a una posteridad futura?
Al menos es cierto que
debemos evitar posibles confusiones, y debemos hacer todo lo que esté en
nuestro poder para asegurarnos de que los muertos se separen de los vivos. El
hecho que haya un grupo de gente que tiene el derecho de portar título nobiliario
sólo porque la Consulta Heráldica (6) se lo ha reconocido, y porque ellos vivan
una vida “ordenada” en lo que respecta a las convenciones burgueses y el Código
Penal, representa, en lo que a nosotros respecta, algo letal al prestigio, la
potencia y la posibilidad de un resurgimiento de la verdadera aristocracia.
Nosotros que sostenemos títulos tradicionales, que no sirven a ningún propósito
si no es el de inflamar la vanidad y la vanidad mundialista – la cual dicha sea
de paso, despeja artificialmente un camino para esta vanidad – nosotros
sostenemos que estos títulos son incompatibles con el espíritu realista del
fascismo y, al mismo tiempo, que ellos deberían ser objetos de un claro
desprecio por parte de quien sea verdaderamente aristocrático y desea la
aristocracia como una potencia y como una realidad, no como simple humo y
decoraciones de los salones parisinos. Nosotros sostenemos que una revisión,
una selección de la nobleza nominalmente heráldica es inconveniente. Si tener
un alma burguesa le da a uno el derecho de portar un título aristocrático, es
claro que este título no vale ya nada, que ya no significa nada; es el
instrumento, no de distinción, sino de confusión.
La prueba a la que debe
ser puesta la nobleza sobreviviente, hacia el fin de la discriminación, sería
en el fondo bastante fácil. Es una cuestión de
obligarlos a no renunciar a lo que son. Como en las civilizaciones
tradicionales, un título, un poder y un oficio deben ser unidos
indisolublemente una vez más. Quien sea que tenga un título y sea un hombre
debe ser excluido de la vacía vida de los salones, de las fiestas de té, de los
hoteles de moda y de la ‘alta sociedad’; él debería verse obligado a tomar una
vez más lo que una vez perteneció a sus padres – si su nobleza es verdadera – y
que él, en el mundo moderno, ha renunciado alegremente para degradarse en la
vida mundialista: con su título, él debería verse obligado a asumir un cargo y
un poder, una responsabilidad absoluta, y hacer esto con el entendimiento que
debe ser natural para él lograr un avance que sería excepcional y antinatural
para otros. Sólo si pasara esta prueba podría confirmarse su título y llegar a
significar algo.
No es importante si en esta prueba de fuego muchos fallarán. Eso no hará más que bien para la aristocracia. En efecto, esta es la única condición por la que la aristocracia deberá alzarse de nuevo, integrando la política jerárquica de un nuevo Estado con una especie de Nuevo Orden, cuya eficacia se deriva de las cualidades y su elevado cimiento inferior. Sin el surgimiento de esta Orden, será difícil suplir su ausencia con sustitutos, y la confusión actual persistirá: habrá una aristocracia del espíritu que no es la de la clase, no la aristocracia patricia y heráldica que consistirá en la supervivencia marginal de una verdadera aristocracia de individuos aislados, todos vacilantes en medio de la niebla de imitaciones burguesas de elitismo. La dura construcción romana de un nuevo Estado, especialmente si este debe ser puesto a prueba de una gran nueva experiencia heroica, está destinada a elevarse rápidamente por encima de esta niebla.
Referencias
1. Donde el italiano Rivoluzione
obviamente busca referirse a la revolución fascista, y no a la francesa ni la
norteamericana. Cuando Evola se refiere a la Revolución Francesa más abajo, él
la pone con letras minúsculas. Sobre su crítica del Fascismo, es ciertamente
uno de los mayores temas de su filosofía política, puede ser encontrado
principalmente en A
Traditionalist Confronts Fascism, Fascism Viewed from the Right,
pero también en otros libros, incluido su último, Recognitions.
2. Vilfredo Pareto (1848–1923) fue un científico político y
sociólogo italiano, pero también fue un ingeniero. El Principio de Pareto, que
formula que alrededor de un 80% de los efectos de la mayoría de los eventos
viene de un 20% de las causas, fue su descubrimiento –un muy curioso principio con
una gran variedad de aplicaciones. Pareto mismo notó, por ejemplo, que en
Italia alrededor del 20% de la población poseía alrededor del 80% de las
tierras, y que en un jardín alrededor del 20% de las vainas de guisantes
contendrán alrededor de 80% de los guisantes. La idea fue puesta a trabajar en
economía, gestión, ciencia, y deportes, y es entretenido, y a veces fructífero
al tratar de ponerla en uso en otras áreas también. Julius Evola lo menciona a
menudo en su trabajo, y dedica un laudatorio ensayo a él en el Capítulo 30 de Recognitions.
3. Este ensayo, “El Caso de Felipe el Hermoso”, aún tiene que
ser traducido al inglés. Este representa una incursión interesante en un pedazo
de historia que ha resurgido durante la época fascista. Felipe el Hermoso, o
Felipe IV de Francia (1268–1314), fue considerado por algunos fascistas como
una especie de proto-fascista – idea que Evola mismo critica fuertemente en el
ensayo mencionado.
4. Del italiano: disossando
e disarticolando, literalmente “deshuesando (p.ej. extrayendo todos los
huesos de) y desarticulando (p.ej. eliminando todas las coyunturas, pivotes,
articulaciones, etc., p.ej. de un cuerpo)” – una vívida metáfora siguiendo
desde la idea del “estado orgánico”.
5. Del italiano, nobilità
nera. Referencia a la nobleza que mantenía su fe con el papa cuando los Saboya
conquistaron los Estados Pontificios en 1870. El término se refería al hecho de
que estos nobles mantuvieron las puertas de sus palacios cerrados, para indicar
el confinamiento auto-impuesto del Papa. El término permaneció en uso aún luego
de estos eventos para indicar la parte de la nobleza italiana que mantenía más
o menos una actitud tradicionalista católica. En décadas más recientes, algunos
de ellos brindaron su apoyo al Arzobispo Marcel Lefebvre, fundador de la -fraternidad
anti-Vaticano II, la Sociedad San Pío X.
6. El “Colegio de Armas”, establecido en 1869 para asesorar al
nuevo y unido gobierno italiano en asuntos respecto a heráldica, nobleza, etc.
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