LA REVOLUCIÓN A LA DERECHA (1946)

Por Gilberto Alzate Avendaño
Hace pocos años, Jean-Richard Bloch escribía un ensayo
sobre la muerte de la palabra “revolución”. A su parecer, los vocablos maestros
que condensaron y cifraron las energías sociales durante un siglo, se han
tornado yertos instrumentos gramaticales, sin poder de suscitación y de
porvenir. El mundo atraviesa por una crisis verbal y una anemia de vocabulario,
sin que la inquietud del tiempo presente encuentre las metáforas nuevas, del
verbo que la encarne.
Grandes cadáveres
obstruyen nuestra marcha –dice
el escritor francés -. Son palabras muertas.
Las palabras nunca se ciñen estrictamente a su objeto, pero durante cierto
período al menos la coincidencia del vocablo con el concepto satisface el
espíritu. En seguida las realidades se desplazan y las palabras quedan, sin que
percibamos inmediatamente que ellas ya no cubren nada.
Una a una las palabras
que han significado los cambios, la esperanza, la promesa, la buena nueva, han
perdido sus jugos vitales. Las palabras comparten la suerte de la cosa que
designan. No ocurrirá en forma distinta con la palabra revolución. Su
decadencia comenzó desde que la revolución pasó de la mística a la política,
del símbolo a la existencia, de los ideales a los hechos.
El mito del siglo XX no
se halla al lado de la revolución, sino más allá de ella. No lo distinguimos
aún porque nadie lo ha designado ni le ha dado un nombre. Pero está en cada
hombre que pasa, en cada máquina que se construye, en cada pensamiento que se
forma, esperando su bautismo.
Muchos otros espíritus alerta, como Emmanuel Berl,
confiesan que la palabra revolución, que suscitara entre una generación más
resonancias que ninguna otra, se encuentra deshonrada, siendo menester
renunciar a su empleo, pues ninguno de sus compañeros tiene derecho a aferrar
su vida a ella. Es un fetiche idiomático, rodeado por un parapeto reverencial,
pero cuya oquedad sonora no representa una actitud vital ni un designio
coherente.
Sin embargo, a pesar de esa ofensiva contra ella, la
palabra conserva su halo mágico, su fuerza explosiva, su dinámica pasional en
el alma de las masas. Hay signos verbales desgastados por el uso, que mantienen
empero cierta carga de energía, vigor emotivo y prestigio mitológico. Así pasa
con la revolución, un vocablo rampante, con penacho, que ha inspirado a las
gentes un terror supersticioso y que suele tenerse como monopolio literario de
las izquierdas. Quienes piden que se sepulte piadosamente un léxico difunto,
para que no embarace el tráfico mental, incorporando la “revolución” entra las
palabras claves que deben retirarse del servicio activo, por corresponder a un
mito fraudulento, desportillado y caduco, no advierten que ese término
delirante, ese viejo cliché de propaganda, no ha sido reemplazado por otro que
le aventaje en eficacia y todavía retiene su clientela política, su atracción
magnética, su fuerza de reclamo.
No siempre la revolución tiene un compás catastrófico.
Puede ser en ocasiones la vehemente sacudida hacia un orden nuevo, más humano y
más justo. Es preciso, por eso, definir los contornos y el contenido de esa
palabra, que suele ser víctima de abusos del lenguaje. Usada como simple
detonación fonética o descarga verbal por oradores truculentos, a nadie
impresiona, porque el país está vacunado contra el virus patético y el estilo
fanfarrón destinado a meter miedo.
Nuestro insigne amigo el doctor Augusto Ramírez Moreno
viene planteando la tesis de un tradicionalismo revolucionario, con mucha
pertinacia y énfasis. Su objetivo consiste en demostrar que las derechas
colombianas tienen sobrado acervo doctrinal para resolver con éxito los
problemas sociales y políticos del tiempo presente.
Parece que riñeran un poco entre sí esos dos términos,
tradición y revolución, implicando un contraste entre un pasado yacente y un
azaroso salto en el vacío.
Suele entenderse la tradición como un repertorio de
anécdotas o un fardo de sucesos inertes que gravitan sobre el presente. Y se
sospecha que el tradicionalismo adopta una especie de ritual hierático ante las
viejas formas disecadas, con una pasión senil semejante a la de los
egiptólogos, como si la historia fuese arqueología.
En verdad, la tradición va fluyendo, pues no es una
cisterna de aguas muertas, ni el aluvión de escorias que deja el tiempo. Las
formas se suceden. Unas mueren y otras nacen. Sólo queda en vigor un conjunto
de principios, valores, memorias y nombres, que constituyen núcleo, protoplasma
y levadura de la nación, concebida como un pueblo que al envejecer adquiere
conciencia de su destino.
Tradición significa transmisión. Como en todo legado,
es preciso inventariar y deducir el pasivo. Lo que importa es buscar tiempo
arriba la savia germinativa del pasado, la esencia del acontecer histórico, el
genio nacional que permanece inmutable a través del torrente de los hechos y el
flujo de las circunstancias. La tradición sólo recoge substancias, constantes
históricas, caracteres estables. Es la yema, sin cáscaras ni cortezas.
El tradicionalismo busca, en los yacimientos
históricos, definiciones y pautas acordes con el genio propio, el carácter
peculiar y el ritmo profundo de la república. Se ha dicho que todos los pueblos
deben volver por épocas a sus orígenes. Nuestra política tiene ese signo de
rectificación y retorno, superando el ayer marchito, en pos de la historia
mayor. Ella ha ido hasta el pensamiento de los libertadores, para rescatar su
verdad olvidada. Abandonando las supersticiones y extravíos del pasado
inmediato, quiere volver a la auténtica colombianidad, a los valores
intransferibles y las raíces genitales de la patria. Ese es el porvenir del
pasado, la tradición vuelta destino.
Las derechas colombianas son nacionalistas,
bolivarianas y católicas. En esa nomenclatura se compendian las grandes
tradiciones congruentes y vivas en cuyas matrices se puede plasmar la historia
nueva.
Lo que ha muerto, por fin, es la revolución francesa.
El estado liberal entra en crisis, por su individualismo y su neutralidad ante
la libre concurrencia económica, que es una prima otorgada a los más fuertes.
Todo su sistema de valores y formas se desploma.
Por una curiosa paradoja, lo que en el Partido
Conservador resulta vigente es su concepción jerárquica y orgánica de la
sociedad, su tradición autoritaria, al par que es anacrónico cuanto le aproxime
al liberalismo clásico.
Al desplazarse el centro de gravedad de la política
hacia los problema económicos y sociales, el conservatismo tiene que refugiarse
en los principios de la democracia cristiana o el catolicismo social. La
sociedad nueva ha de fundarse sobre una interna estructura cristiana y un
reajuste del sistema económico, en que nadie pueda cebarse con el sudor ajeno,
ni meterse en su caudal como en plaza fuerte. No se trata de dejar caer una
fórmula de piedad literaria sobre el desorden profundo de un régimen
socialmente inhumano, sino de acabar con la supérstite economía liberal, tutelar
el trabajo en su lucha desigual, planificar la intervención progresivamente
intensa del estado y plantear el debate ante el pueblo. Como escribiera alguno,
después de las encíclicas no puede darse católico no intervencionista, sino a
lo sumo intervencionista de mal humor.
En un libro reciente de Thierry Maulnier, titulado Más allá del nacionalismo, se sostiene
que cuando una filosofía y una acción revolucionarias interpretan un
desequilibrio efectivo de la vida social, sólo pueden ser vencidas por una
filosofía y una acción más eficaces. El orden decorativo, la anarquía mansa que
es la costumbre, la inmovilidad social y sus máscaras, no resisten la tremenda
avalancha. Ni tampoco la represión, la reconciliación o el reformismo que
proponen a la sociedad, como medio por sobrevivir, la misma enfermedad de la
que muere, la petrificación en las formas adquiridas, la resistencia al ímpetu
de la vida. Un estado de malestar revolucionario sólo puede ser resuelto
definitivamente eliminando sus causas orgánicas. Una ideología revolucionaria
sólo puede ser superada por una representación más exacta de los problemas y
sus posibles soluciones. Un determinado movimiento revolucionario sólo puede
contenerse mediante otro movimiento más amplio e imperioso. Cuando una sociedad
se disgrega y origina en su interior fuerzas antagónicas, no puede evitar un
cambio de estructura, una nueva síntesis que triunfe de sus contradicciones.
Así resulta, según Maulnier, que frente a una situación revolucionaria, la
revolución sólo puede vencerse por otra que la supere.
El problema consiste – escribe el referido escritor- en superar esos mitos políticos, fundados en
los antagonismos económicos de una sociedad diluida; en libertar al
nacionalismo de su carácter burgués y a la revolución de su carácter
proletario; en interesar de una manera total y orgánica a la nación en la
revolución, ya que sólo la nación es capaz de llevarla a cabo; en interesar
igualmente a la revolución en la nación, ya que sólo la revolución puede
salvarla.
Darle a la revolución un sentido espiritualista y
cristiano, hacerla compatible con el mantenimiento de los cuadros y valores
nacionales, proponer sus soluciones propias frente a los desvaríos demagógicos
de la izquierda: esa es la misión presente del Partido Conservador, que no
podrá sobrevivir históricamente, a menos que adopte normas y tácticas paralelas
a las de los grandes movimientos contemporáneos de las derechas europeas de la
post-guerra, como en Italia, Francia y Bélgica.
Es así como somos tradicionalistas revolucionarios.
Partiendo de unos principios perdurables, vamos en busca de un orden social
nuevo dentro de la comunidad nacional.
Comentarios
Publicar un comentario